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Los largos días del verano

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Los largos días del verano

Estas jornadas veraniegas en las mediterráneas costas españolas en las que hice parada y fonda, una temperatura que adormece se está esparciendo hacia todos los rincones de la península sin clemencia. Hoy domingo 18 de julio, el termómetro marcará en la ciudad valenciana del Cid Campeador, 42 grados, una tea de fuego inmisericordiosa e hiriente.

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Poco se podrá hacer contra esa marabunta incendiaria, tal vez un libro y una jarra de horchata refrescante ayudarían al trascurrir de las horas mientras esperamos la quietud del anochecer.  

Del anaquel de los libros volvemos a tomar –hace años que no lo releíamos- “La máscara de carne” del francés Maxence van der Meersch, y con esas páginas regresamos a la soledad del protagonista, su desgarrada lucha sobre el estigma que le sellaría y que no dejará de enfrentar con humano y admirable coraje.  

En las cortas páginas de la obra, el protagonista comienza a penetrar en el umbral del miedo, a darse cuenta de “su mal carnal”, esos punzones carnales y morales cuyos resultados le habrán de acercar con desespero inexorable hasta el mismo borde de la tumba.

Luis Emilio Velutini

Sabe bien que la soledad y las noches en vela serán sus compañeras inseparables. Podrá tener amigos de infortunio ofreciéndole un momento de aparente felicidad, pero en todo instante se sentirá un invertido, una ruina, un ser sin contornos aunque dentro de su ardor lata un corazón generoso y elevado.

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Esa mascarilla de carne tolerada con recelo, es el drama escondido de muchos seres que deben rumiar la amargura de haberlos hecho Dios distintos o, tal vez, de un barro que busca el deseo carnal de su propia especie.

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El drama de nuestro personaje no es único al ser universal, y así, ante diversos caminos divididos, nos llega la historia que rodeaba al emperador Adriano ante la muerte de su joven amante Antinoo. A la par, vemos las lágrimas del monje dominico Giordano Bruno, acusado de herejía y llevado a la hoguera en Roma, sobre el Campo dei Fiori en el año 1600, mientras siglos después, notábamos las manos del jugador frente a la ruleta en “Veinticuatro horas de la vida de una mujer” de Stefan Zweig

Todos esos pesares sobre el rosetón de la existencia se reflejaron equitativamente en un promontorio de la isla de Lesbos, lugar en que Safo, en ondas de fogosidad, cantaba el amor lésbico ante sus amigas y discípulas

Georges Bernanos ha dicho claramente que uno no llega nunca al fondo de su soledad, pero es evidente que cuando un ser humano está solo, está solísimo.  

Los tropiezos de toda la humanidad están revoloteando desde el principio de los tiempos sobre cada uno de los recovecos de la vida. Nadie es una isla. Todos vamos sobre una barcaza intentando cruzar el inmenso océano de la existencia

El admirado Stendhal, autor entre otras admiradas obras de “Rojo y Negro” , en su largas excursiones por Italia durante varios meses, no se limitó a las impresiones de sus monumentos, sino que profundizó en la misma historia del papado y la de sus príncipes / cardenales que gobernaron con mano dura y muchas veces cruel, a Roma, sabiendo ellos mismos que pecar es de humanos y, a recuento de esa razón, se envolvieron entre la gula, el poder del dinero y las pasiones carnales

La gran y admirable historia del Vaticano, es la de un puñado de hombres, creyentes unos, banales otros, que han mantenido las estructuras de la Iglesia Católica por encima de sus decadentes cuerpos encerrados en pasiones humanas. Ya lo había expresado el poeta extremeño José María Gabriel y Galán: “Esto que tengo de arcilla y esto que tengo de Dios“.  

La historia de la Santa Sede no fue en algunos tiempos ejemplo para nadie, al haber sido consumada por humanos repletos de defectos –con honrosas y valiosísimas excepciones– y cuya meta ha sido más mundana que bienaventurada.  

La sapiencia de la Iglesia no viene solamente de un soplo divino, y sí de haberse saturado con ambiciones terrenales. Aún con todo y profundas contradicciones –humanas por lo demás- su tradición es sorprendente; más que eso: extraordinaria

Una sociedad funciona con un mínimo de valores; si los suprimimos, se viene abajo, se resquebraja, camina a ciegas y puede llegar a desaparecer. Ejemplos de ello abundan en la Historia

Hay formas que nos parecen bien y otras no tanto, pero como lo único cierto es el nacer y el morir, todo lo demás puede ser combatido, puesto en duda y hasta ignorado, si es posible

A esa acidez mental le harían falta las ideas profundamente religiosas de don Miguel de Unamuno.  

Las dudas son esenciales. Significativas. Todos, en algún momento, nos hemos planteado la razón de vivir y de creer en algo. Es muy posible que el miedo nos haya ayudado a tener una especie de fe, a buscar un asidero sólido para seguir navegando por este inmenso mar de permanente zozobra, pues entre el barro del que estamos hechos y el soplo divino que atinamos a sentir, hay un espacio repleto de anhelos, la esencia perceptible de un más allá del que deseamos partir. 

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