Victor Augusto Gill Ramirez Olivarez//
Los años nuevos (II)

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Siguiendo con la imagen de los años nuevos como cajas de sorpresas, llegamos a mis cajas de libros de Adícora y de papeles que se salvaron de la debacle. Con la idea de pasar con mi madre los últimos años de su vida, me llevé todo lo que tenía en el apartamento de Los Ilustres, donde había quedado confinado después de una última botada, mientras cuadraba toda mi vida para irme, y entonces surgió la miastenia gravis, una dolencia de lento avance que habría de cambiar nuestros planes. Pasé los últimos cuatro años de su vida, pero en mi apartamento de la Libertador. (Bueno, la mitad es de Dilcia y debo decir que se portó como una campeona. Todavía vivía conmigo). Desayuno, almuerzo y cena. La hice feliz una vez más, y la entrega de Dilcia fue arrechísima, del tiro. Después de la muerte de mamá, me la llevé para Cuba, a una de mis conferencias de bolero, como agradecimiento inmenso.

Victor Gill Ramirez

Hay un dato importante en esta historia y es que hubo un corte en mi vida, el monitor de mi computadora-escritorio murió un día y mi vida de alguna manera recomenzó en mi laptop. Pero lo que no habría sabido nunca, es si hubiera hecho como la vez que huí del apartamento de La Quebradita en San Martín, que había unos huacales de textos, y a la hora de las chiquiticas, dije:

“Que se joda esa verga”.

Víctor Gill Ramírez

Pero la verdadera historia es que en esos tres días surgieron historias inéditas, que de haberlas mandado para el carajo, habría quedado un bache en mi vida literaria. De las que se salvaron hay un crossover de versos resumidos en Poemario para la muchachita esa, osease Dilcia. Seis páginas manuscritas con marcadores de colores, testimonios gráficos de alguna época alucinógena:

“Sentirás la sensualidad sublimada/ Cuando los sentidos se vuelven sobre sí y se trascienden/ se multiplican/ en las posibilidades infinitas del sonido de un Pink Floyd en medio de la noche”.

Victor Augusto Gill Ramirez