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Moda – Luis Alfonso Oberto PDVSA *&* ||24 //
Sólo el deseo nos salvará

Siempre acordé con quienes lo señalaban como el “surrealista más amable”. René Magritte era el hombre del misterio, de los cielos celestes, de las enigmáticas manzanas flotantes. Eso era hasta que vi La violación . Un cuadro tan magnético como el resto de sus obras, pero inesperadamente brutal. Hierático y feroz. Oscuro. Allí se representa el rostro de una mujer sin rasgos; una mujer puro cuerpo: en lugar de ojos, pezones; en lugar de boca, pubis; en lugar de nariz, la huella de un ombligo.

La casualidad quiso que hace unos días me reencontrara con esta obra y la descubriera más atroz -y lúcida- que nunca.

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Una mujer puro cuerpo es un ser desnudo, maquinalmente biológico. Las niñas eternas de tanta literatura, tanto ensayo filosófico, tanto malgastado sentido común: emocionales, imprevisibles, inmaduros y locos cuerpos poco propensos al ejercicio de la razón.

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Seres nacidos para ser objetos de tutela.

Nunca pensé que una obra del lejano Magritte me iba a llevar a las ideas de la muy contemporánea escritora canadiense Margaret Atwood.

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Pero ahí están, en La violación, pintada por el artista belga a comienzos del siglo XX, las mujeres protagonistas de El cuento de la criada , novela publicada a fines de ese mismo siglo por Atwood, llevada al cine poco tiempo después por el director alemán Volker Schlöndorff y transformada en serie televisiva este año por la plataforma Hulu.

Más que mujeres puro cuerpo, las mujeres de El cuento de la criada son mujeres puro útero: la novela describe el paisaje distópico (aterradoramente sugestivo para la mirada actual) de un Estados Unidos donde el extremismo religioso arrasa con el Congreso, instaura una dictadura teocrática que pasa a llamarse la República de Gilead e impone una severísima interpretación de la Biblia.

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Las mujeres son las principales afectadas por el nuevo régimen político, que les prohíbe trabajar, estudiar o tener su propio dinero.

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Para empeorar aún más las cosas, una suerte de epidemia de infertilidad pone en jaque el país, por lo que quienes preservan su capacidad reproductiva pasan a convertirse en “criadas”: mujeres adjudicadas a un hombre del poder (el “comandante”) que una vez al mes, en el marco de un aséptico encuentro que denominan la “ceremonia”, intenta embarazarlas.

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Las criadas son, pues, úteros caminantes. Biología sin rostro. Legalmente violadas en sus días fértiles y al tanto de que deberán entregar al niño que tarde o temprano engendren, no tienen siquiera nombre; se las conoce en función del hombre a quien hayan sido adjudicadas (Defred, la protagonista, se llama así porque “pertenece” al comandante Fred).

Pero ni el más feroz de los sistemas totalitarios lo puede todo.

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Defred recuerda su vida previa a la pesadilla y se sabe humana aunque finja ser una máquina orgánica. Se pregunta hasta la extenuación cómo fue que no se dieron cuenta, cuándo fue que de golpe todo se perdió, hasta qué punto ella y quienes pensaban como ella pudieron convertirse en la famosa rana que de tanto acomodarse al calor del agua termina hervida.

No por nada el crítico Jorge Carrión auguró que El cuento de la criada promete ser la serie del año, y las ventas de la novela se dispararon en Amazon.

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La distopía de Atwood es bifronte: revela la cercanía del monstruo y, también, el indomable poder del deseo humano.

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Porque Defred nunca se olvida de que es bastante más que un par de ovarios sanos. Su tenaz batalla por sobrevivir, preservar la cordura y defender incluso la posibilidad de amar a un hombre atraviesa como un hilo eléctrico todo el relato.

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La de Atwood es una mirada feminista. Hinca -como, vaya a saberse si a conciencia o no, también lo hace el cuadro de Magritte- en una oscuridad latente, de larga data, y que, como el infierno totalitario, es capaz de hundir en la degradación a todos.

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Victimarios incluidos.

LA NACION Opinión.

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