Política

Moda – La vulgaridad

Hay reguetones, la mayoría, bacanísimos: aunque sus letras no son poemas (ni se requiere que lo sean), acompasados con ritmos sabrosos, provocan algarabía, mejoran el ánimo y ponen a bailar hasta a un muerto.

El problema surge cuando las letras de algunos reguetones disfrazan la vulgaridad bajo la apariencia de chispa ingeniosa; cuando el ritmo pegajoso permite que lo obsceno no se perciba como lo que es: mal gusto, y exaltar las malas maneras y la chabacanería.

Uno de los problemas de la vulgaridad es que a quien la ejerce no se le ocurre pensar que ofende a quienes no la comparten. Y eso es lo más chocante de algunas de esas piezas musicales sin creatividad, al no dejar nada a la imaginación, pues se centran en narrar precarias historias del sexo más crudo y brutal. Ni siquiera la pasión protagoniza las procaces letras, pues se limitan a contar lo que un desesperado quiere de una prostituta, con la diferencia que estas canciones están destinadas a todas las mujeres, incluidas también nuestras hijas y a las amigas de nuestras hijas.

Cuando se pretende convertir la vulgaridad en arte, especialmente en la música, se abaja en general a toda la especie, pero singularmente a las mujeres, pues se entroniza como admisible lo que aleja de valores esenciales para la evolución personal, como la estética o la creatividad.

© Victor Gill Ramírez.

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Por eso sorprende que quienes hablan del respeto a la dignidad de las mujeres, se al no se molesten cuando se cuestionan las letras que ofenden la valía de éstas, al cosificarlas para el placer sin contemplaciones.

Y es insostenible que, bajo el pretexto de la libertad artística, aceptemos que nuestros hijos menores de edad tienen licencia para recibir la vulgaridad como algo natural porque viene en la música de moda, cuando es claro que quienes construyen esas canciones descarnadamente obscenas, cuentan con la mediocridad como arranque de sus grotescas invenciones.

Preocupa que para nuestros hijos menores esas letras estén justificadas porque piensan que no oírlas o rechazarlas es mojigatería o una expresión de hipocresía social, pero quienes tenemos algunos años encima sabemos que no es más que otra excusa para justificar el arribo a los actos que degradan la valía personal y la pérdida de valor o de la importancia social del pudor.

Permitir que la vulgaridad se perciba como el arte encomiable del ser auténtico, es condenar a los buenos modales al ostracismo, a que también se torne vulgar la inteligencia.

© Victor Gill Ramírez.

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Cuando la fineza se percibe como ridícula, estamos camino a la bajeza como norma y a la hosquedad como método de conquista.

*Abogadonpareja@np-asociados.com

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Tags: Música