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Deborah Gill Ramirez Victor//
El misterio de la esquiva santidad de José Gregorio

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L os misterios son algo inherente a la religión católica. De hecho, en lo que al santo rosario se refiere, había tres tipos de misterios: gozosos, piadosos y dolorosos. No contento con esas tres categorías, Juan Pablo II añadió los misterios luminosos. Los paganos no tienen ni idea de a cuál rubro pertenece uno de los más grandes misterios de la Iglesia, al menos en lo que a Venezuela se refiere: ¿por qué José Gregorio Hernández no es santo? ¿Por qué ni siquiera es beato, que viene a ser como la segunda división de la santidad?

Desde lejos, uno pudiera pensar que eso de llegar a tales niveles de la jerarquía celestial es algo dificilísimo, que solo logran unos pocos superhumanos, luego de largas requisitorias por parte de jurados exigentes y estrictos. Bueno, pues las cifras no parecen darles la razón a quienes dicen eso.

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En el Vaticano, las beatificaciones y canonizaciones se registran a un ritmo casi industrial. Nada más durante el papado de Francisco, se han proclamado santas a 892 personas y beatas a 1.132 más. Pero el ascenso de José Gregorio Hernández, nada que sale. Es inevitable pensar en que algo raro pasa.

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Los expertos piden calma y dicen que en un caso como el de José Gregorio es imprescindible un milagro comprobado. Es decir, una curación que haya tenido lugar cuando la ciencia decía que todo estaba perdido. Y tiene que ser una curación certificada científicamente, pues.

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Uno se pone como esos niños preguntones impertinentes y lanza la interrogante: ¿entonces, esas 1.924 personas santificadas o beatificadas por el Sumo Pontífice desde 2013 hicieron milagros certificados? No, responden los expertos, lo que pasa es que muchos de ellos fueron declarados santos por haber sido mártires, como las 813 personas de la población de Otranto, en Italia, que fueron pasadas por las armas por negarse a renegar del cristianismo. ¡Ah, bueno!

Uno sigue preguntando: ¿Cómo es que no hay un milagro comprobado, si en Isnotú y en la iglesia de Candelaria (en Caracas, donde está sepultado) ya no encuentran donde poner tantos testimonios de sus grandes prodigios? Nada, es que los doctores que asesoran a la Congregación para la Causa de los Santos son muy estrictos. A ellos no les basta con eso de que “Gustavito era brutísimo y gracias a José Gregorio sacó el bachillerato”. Necesitan milagros que vayan más allá de las creencias, aunque eso parezca un contrasentido.

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Otro detalle que causa cierta inquina (Dios nos perdone) es que José Gregorio quiso ser cura, y aunque su vida se encaminó hacia los senderos de la ciencia, nadie puede negar que hizo de la medicina su propia forma de sacerdocio. Entonces, da como rabia, que habiendo sido él un doctor tan prominente se haya puesto tan difícil para sus colegas el probar una curación milagrosa

De hecho, la forma como el trujillano amalgamó su fe religiosa con el ejercicio de la profesión médica es, por sí misma, una especie de milagro. No era fácil para un profesional de la Medicina en sus tiempos (él vivió entre 1864 y 1919) declararse creyente de otro fundamento que no fuese la ciencia, bajo un enfoque positivista. Menos lo fue para Hernández, porque no se trataba de un médico cualquiera, sino de una figura importante de esa actividad en la época, junto a Luis Razetti, Santos Dominici, Francisco Antonio Rísquez y Pablo Acosta Ortiz

El futuro Siervo de Dios tenía sus discusiones con ellos, especialmente con Razetti, que era radical en su postura científica. En una oportunidad escribió: “Aunque el doctor Hernández y yo pertenecemos a escuelas filosóficas diametralmente opuestas, una sincera amistad nos ha unido siempre y yo me he complacido en toda época de proclamar los indiscutibles méritos que posee como profesor, como hombre de ciencia y como ciudadano de conducta inmaculada”

Los logros de Hernández en el campo de la Medicina y, sobre todo, de la enseñanza del oficio médico, son indiscutibles. La historia de ese campo lo anota como uno de los fundadores de la bacteriología en el país, pionero en el uso médico del microscopio y fundador de varias cátedras universitarias durante los 23 años en que ejerció como profesor. Llegó a tener tal dominio de la teoría y la práctica de la Medicina que hasta quienes le habían dado clases solían consultarlo en casos complicados

Una cosa era su fe y otra muy distinta era que se entregara a creencias mágicas. Por eso les formaba sus tremendos líos a los pacientes que acudían a él sospechando haber sido víctimas de un mal de ojo o un encantamiento

Esto nos conduce a otra de las grandes paradojas que ha rodeado a Hernández, sobre todo después de su trágica muerte (de la que se cumplirán 100 años el 29 de junio del año próximo): su figura, tal vez por la negativa de la Iglesia oficial a elevarla a los altares, se ha convertido en objeto de un tipo de culto popular que está a medio camino entre el catolicismo y otras religiones. Así, José Gregorio Hernández aparece hace muchos años en las mismas cortes que Guaicaipuro, el Negro Felipe y el Libertador Simón Bolívar

Más fuerte aún parece ser el culto no ortodoxo al médico venezolano en Colombia. Muchos espiritistas y médiums dicen tener contacto con él para realizarles intervenciones esotéricas a pacientes desahuciados por la medicina terrenal. Abundan los testimonios de personas que se sometieron a esos procedimientos y aseguran haber visto al doctor operándolos para curarlos o aplacar sus padecimientos

Los expertos mencionados arriba no descartan que esta especie de consagración aclamatoria de José Gregorio como santo milagroso haya influido negativamente en la causa de su beatificación

Bien se sabe que al Vaticano nunca le han simpatizado las decisiones que se toman por voluntad del pueblo

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Un caso sólido Uno de los casos más sólidos de los que se han podido documentar hasta ahora para probar la capacidad milagrosa de José Gregorio Hernández es el de una paciente identificada como M. Sánchez, cuyo cáncer de mama desapareció de forma que la ciencia no puede explicar. El expediente médico lo suscriben los doctores Raúl Díaz Castañeda y Francisco Marval. Ocurrió en Trujillo en 2011. Los estudios previos indicaban que la señora tenía tumoraciones malignas. Le rogó a José Gregorio que la curara. Una mañana, al despertar, estaba sangrando. Parecía que la lesión hubiese reventado. El médico que la atendió debió suturar la herida con puntos. Los nuevos exámenes indicaron que la lesión había desaparecido. Estaba sana. “Es un caso insólito, cuando lo analizamos con especialistas y vemos los resultados de las pruebas, las fechas y la repentina desaparición del tumor, no quedan dudas”, asegura el médico Díaz Castañeda, cada vez que lo entrevistan al respecto. Se espera que este caso pueda sacar del estancamiento la causa que comenzó en 1949, y que, hasta ahora, solo ha logrado subir dos escalones del empinado (para algunos) zigurat de la santidad: Siervo de Dios y Venerable. Mientras tanto, en los últimos 23 años, tres venezolanas alcanzaron el grado de beatas: María de San José, en 1995, Candelaria de San José, en 2008 y Carmen Rendiles Martínez, en 2018